Miércoles , 1 abril 2020
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La Ofrenda de Flores, la construcción de una tradición

Si hay un acto en las fiestas del pilar que tenga un carácter realmente festivo, que cuente con una participación totalmente popular y que goce de un marcado carácter devocional hacia la patrona de la ciudad, este es sin lugar a dudas la ofrenda de flores. No sólo la ciudad de Zaragoza sino prácticamente todo Aragón se vuelca en este acto, que reúne una serie de características  que lo han convertido en el momento culminante de las fiestas de nuestra ciudad.

No hablaré mucho de los orígenes de la ofrenda ya que es algo que conocemos todos, pero merece la pena recordar algunos detalles para entender el posterior desarrollo que ha tenido. En 1953 se empiezan a ofrendar las primeras flores a la Virgen del Pilar en el exterior de la basílica, pero es realmente en 1958 cuando se realiza la primera ofrenda entendida como tal, es decir, haciendo un recorrido antes por el centro de la ciudad, tomando como referente la ofrenda de flores que se celebraba en Valencia en honor de la Virgen de los Desamparados. En pocos años, la ofrenda va creciendo de forma imparable y debido a su auge a finales de los 90 la ofrenda cambia su ubicación dentro de la plaza, dejando el muro del pilar y situándose en el centro de la misma, logrando así una mayor grandiosidad.

Pero lo que realmente me interesa de la ofrenda de flores no es tanto su historia, como profundizar en los motivos que hicieron que en tan pocos años la ofrenda se convirtiera en un acto imprescindible. La ofrenda de flores es un ejemplo claro de como una ciudad es algo vivo, capaz de olvidar unas tradiciones y construir unas nuevas, pero dicho esto, no es nada común que un acto consiga en unas décadas convertirse en la imagen de una ciudad milenaria como la nuestra. Para encontrar el porqué de este éxito tan rotundo hay que tener en cuenta varios aspectos.

En primer lugar, la ofrenda es sin duda un acto de homenaje a la Virgen del Pilar, la vinculación de la ciudad con su patrona es algo que no se limita a un día al año, las visitas al Pilar por parte de los zaragozanos son constantes, y el día 12 de octubre todo ese cariño se materializa en miles de flores. Colaborar con tus flores en la creación de un gran manto para la Virgen es una forma de expresar el cariño y la devoción de una ciudad y de toda una comunidad autónoma a su patrona.

Pero la ofrenda es algo más que un acto de devoción a la Virgen, la ofrenda se convirtió en un determinado momento histórico en un acto de reafirmación de la identidad aragonesa. Para entender este proceso hay que volver la vista hacia los últimos años de la dictadura y los primeros de la democracia. La llegada de la transición fue un gran revulsivo para las fiestas del Pilar, que hasta entonces habían sido unas fiestas muy cerradas. Para hacerse una idea, durante muchos años los bailes nocturnos se celebraban en la Lonja y lógicamente a ellos solo asistían una minoría de zaragozanos, todos claro esta, de una determinada clase social. Durante la transición, las fiestas se democratizan y los zaragozanos se echan a las calles y plazas de la ciudad, y en esos momentos de tanta implicación política de gran parte de la ciudadanía, las fiestas se convierten en un momento festivo pero a la vez reivindicativo.

Tras décadas de dictadura y de férreo centralismo, los aragoneses revindican su autonomía y este resurgir del sentimiento aragonés, tiene sin duda su reflejo en la ofrenda de flores. La ofrenda se ve como un acto en el que además de mostrar su cariño a la Virgen del Pilar, los aragoneses pueden reafirmar su identidad vistiendo el traje regional aragonés. La ofrenda se convirtió así en un acto clave, en el que se unían las ganas de los zaragozanos de mostrar su cariño a la Virgen del Pilar, con las ganas de los mismos de mostrar su sentimiento aragonés, expresado en este caso con la vestimenta.

Dejando aun lado la pureza o la autenticidad de este traje de baturro, hay que hacer hincapié en la fuerza aglutinante que tiene para una comunidad el tener unos puntos de unión que la hacen peculiar y que la distinguen de otras comunidades, y uno de estos puntos de unión sin duda se encontró en el traje tradicional aragonés. Es cierto que en los primeros años los oferentes, más que como lo hacían nuestros antepasados, vestían una especie de “uniforme de baturro” promovido y difundido por la Sección Femenina que con su Cátedra Ambulante de Coros y Danzas había recorrido todo Aragón. Por el contrario en los últimos años se ha vivido un gran cambio en este sentido, los oferentes hemos ido abandonando paulatinamente ese “traje de baturro” uniforme, buscando vestir del modo más realista posible a como lo hacían nuestros antepasados en un pasado no tan lejano, sirva como ejemplo la anécdota que me contaba mi abuelo, de cómo en los años 50 del siglo pasado, mi tatarabuelo fue el ultimo de su pueblo en vestir con calzón corto y en llevar la cabeza atada.

Que nadie piense que cuando un aragonés se viste con su traje regional para ir a la ofrenda se disfraza, cuando un aragonés viste su traje regional lo hace con orgullo y como homenaje a su patrona, a sus antepasados y a su tierra. El mérito de la ofrenda es haber sabido aglutinar todos esos sentimientos y así se explica que sea el acto más multitudinario de las fiestas así como el de mayor calado emocional para los zaragozanos.

Acerca de Ángel Luis Ibarzo Aldea

Ángel Luis Ibarzo Aldea. Colaborador/Redactor en Ocio Urbano Zaragoza en la sección de Historia de Zaragoza. Licenciado en Historia en la Universidad de Zaragoza, con Máster en Historia Contemporánea. Cuatro años de experiencia en el sector turístico, siendo guía del Castillo de Mesones de Isuela. angelluisibarzo@ociourbanozaragoza.es

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